Proyecto FOLTRA

La Mora


La Mora

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Domingo 19 de Diciembre de 2010 15:06

 La Mora era una vaca pinta, pachorrenta, de una cierta edad, cuyo mayor placer era enfadar a Vincenzo, aunque siempre sin intención. Vincenzo era un buen hombre, pachorrento como La Mora. De origen extremeño, donde Salamanca y Extremadura se unen y se separan, había llegado a Galicia años atrás, y aquí se había emparejado con Refina, una matrona separada, también muy buena persona, poseedora de una casa y unos terrenos en la zona en la que hace 25 años nos vinimos a vivir. Uno de estos terrenos, dedicado a la agricultura, con unos 5000 m2 de superficie lindaba por el lado Este con nuestra finca y por el Sur con la casa de Gio. Los otros dos frentes daban a la carretera que nos separaba del monte. Un lugar tranquilo, donde por las noches se oía el silencio, que tan solo rompían el ulular de los búhos y el ladrido de los zorros, aunque también a veces el hozar de los jabalíes en la finca de Refina.

Por las tardes, en verano, Vincenzo sacaba a pasear a La Mora, quizás porque no podía hacerlo con Refina, ocupada en las tareas domésticas. El paseo consistía en desplazarse con La Mora atada y bien atada por la nariz hasta la finca colindante con la nuestra. Allí se plantaban y mientras La Mora pastaba Vincenzo le reñía una y otra vez. Sentado en un banco bajo los árboles en el jardín, y separado de la visión directa de Vincenzo por una espesa y fragante madreselva, disfrutaba escuchando las conversaciones, riños más bien, de Vincenzo con La Mora. “Pasa Mora…, muévete Mora…., Mora te voy a arrear un estacazo que te vas a acordar de quién soy yo…, la madre que te parió Mora, sino entiendes por las buenas vas a entender por las malas…”. Así todos los días, una y otra vez. ¿Qué haría de malo La Mora para enfadar sistemáticamente a Vincenzo?. Un día decidí escudriñar entre la madreselva para entender cuál era la causa de esos enfados sistemáticos de Vincenzo. Mi sorpresa fue el ver que la pobre Mora lo único que hacía era rumiar plácidamente como cualquier otra vaca de su edad, mientras Vincenzo se dirigía enfadado y amenazante a ella sin siquiera mirarla. Entonces entendí que era todo un problema de violencia de género. Intuí que Vicenzo, acogido por Refina, debía ser el receptor, en casa, de las palabras y tratos que él le dispensaba a La Mora, y su válvula de escape, allí en la soledad de aquellas tardes de verano en el campo, era el dirigirse a La Mora como no podía hacerlo con Refina. El solo, con el cuadrúpedo cornudo como única compañía, se crecía, se sentía poderoso, ya que La Mora se limitaba a pastar haciendo oídos sordos a sus palabras, y lanzaba al aire aquellas amenazas y ostentaciones de poderío masculino que en realidad iban dirigidas a Refina, cuando ésta no podía oírle. Es lo que a Vincenzo le habría gustado hacer y decir en el domicilio conyugal, pero no podía porque había sido acogido. Probablemente eran las mismas o similares frases que Refina le dirigía a él hasta que la intimidad de la noche transformase esas palabras en otras más placenteras. No lo se con certeza pero intuía que era así, de otra forma carecería de sentido.

Por aquella época teníamos en casa, entre otros muchos animales, un pingüino y una cierva. El pingüino procedía de la Antártida, había tenido la desgracia de ser atrapado por la red de un pesquero gallego que faenaba el calamar más allá de las islas Malvinas. Uno de los marineros se encaprichó de él y decidió mantenerlo a bordo hasta finalizar los seis meses de marea. De vuelta a Galicia lo metió en un corral con los gallos y gallinas, pero a los 10 días se cansó por la gran cantidad de pescado que el palmípedo consumía diariamente. Decidió entonces vendérselo a una tienda de animales. El dueño de ésta en cuanto vió al pingüino me llamó para ofrecérmelo. Fue verlo y no dudarlo. Esa misma tarde Dorito, que así se llamaba el pingüino, pasó a formar parte de la familia. Hemos tenido, y tenemos, muchos animales, pero ninguno como Dorito. Se conocen como pájaros bobos, pero puedo afirmar que nunca hemos tenido un animal más sociable, integrado e inteligente. Vivía suelto en el jardín, dormía sobre unas rocas que decoraban la piscina, y cuando de noche desde el balcón de la habitación le llamaba: ¡Dorito….!, contestaba con una especie de relincho similar al de los burros. Por eso los ingleses habían denominado a esta especie de pingüinos como Donkey John (burro Juanito). Se bañaba con los niños en la piscina, y jugaba con ellos a tirarse desde el borde al agua, conservando la fila, para luego bucear entre ellos y salir rápido de un aletazo que le impulsaba fuera del agua para volverse a colocar en la fila de saltos manteniendo el orden. 
Por las mañanas, en cuanto oía que en la casa había actividad se acercaba a la puerta de la cocina y con el pico golpeaba los cristales para reclamar su desayuno, 2 kgs diarios de pequeños bacalaos que engullía de golpe. 
Dorito era listo, muy listo. Cualquiera que fuese la parte del jardín en la que se encontrase acudía rápido con una marcha de expresidentes a la puerta de entrada en cuanto oía que alguien tocaba el timbre. Allí esperaba a que se abriese para ver quién era el que llamaba. Se llevaba bien con todos excepto con un presumido pavo real. El problema era que Dorito se había enamorado de su hembra, una pava blanca, y en cuanto el pavo se ponía a pavonear delante de ella exhibiendo su inmensa cola de plumas multicolores Dorito se enfadaba y le largaba un aletazo…,  el pavo ni se inmutaba, en su orgulloso frenesí, pero Dorito le sacudía una y otra vez con sus poderosas aletas. Personalmente llegué a la convicción de que a la pava le gustaba más Dorito que su macho, pero nunca pudieron emparejarse. Cuestión de tamaño supongo.
La cierva, tímida y pudorosa como deben ser las ciervas de buena familia, vivía en un cercado que daba a la carretera. Un día se me ocurrió soltarla por la finca; tremenda mala idea ya que los perros, así como respetaban a Dorito, vieron a la pobre cierva como una presa y se fueron a por ella. Carreras, saltos, hasta que la cierva decidió que la piscina era un lugar seguro y allí se tiró. Pero entonces fue Dorito el que viendo que una extraña había ocupado sus dominios, pasó a una actitud amenazante. Mientras la cierva nadaba buscando por donde salir Dorito la seguía por los bordes de la piscina amenazándola con el pico y rebuznando enfadado. Llegó un momento en el que debió entender que sus esfuerzos eran inútiles y optó por la solución más inteligente: “Si no puedo con mi enemigo haré que sea mi amigo”. Dicho y hecho, se metió en el agua y comenzó a nadar tranquilamente al lado de la pobre cierva. Toda una odisea que me costó las reprimendas de la señora de la casa…
Bien, pues una tarde, acabada la sesión cotidiana de riñas a La Mora, Vincenzo se acercó, con el animal a su lado, su compañera, y desde el exterior de la finca, justo frente al cercado donde vivía la cierva, me preguntó, con Dorito a mi lado, curioso como era: “Don Jesús, y ¿de qué ralea es este alemán?, porque por las noches le oigo grajear pero nunca había visto un alemán como este”. Dadas las explicaciones oportunas pasó a preguntarme por la cierva. Le dije que estaba preñada, y tras observarla detenidamente me espetó: “Pero debe de ser de largo recorrido, porque es de la ralea de la cabra, pero las cabras tienen menos recorrido”. Por recorrido interpreté tiempo de gestación, aunque no estoy seguro; lo de ralea lo tomé como raza o especie, y lo de alemán, aunque nunca me quedó claro, siempre pensé que se refería a animal. Un vocabulario curioso, quizás producto de tantas horas de conversaciones con La Mora.
Eran otros tiempos, Vincenzo falleció ya hace años, igualmente Refina y La Mora, también Dorito que hoy disecado preside la entrada de Foltra, tras haber permanecido tres años inolvidables con nosotros. Ley de vida.
 
 
 
 


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